Historias de Candy · Capítulo 4: La fotografía del cajón
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Aquella tarde llovía.
No mucho.
Lo suficiente para que Rosa decidiera quedarse en casa.
Preparó una infusión, se acomodó en el sofá y dejó que el silencio llenara el salón.
Le gustaban esos momentos.
Antes los evitaba.
Ahora los necesitaba.
Se levantó para buscar unas pilas en un mueble del dormitorio.
Abrió un cajón.
Luego otro.
Y otro más.
Hasta que encontró una caja que llevaba años sin abrir.
Sonrió.
Era una de esas cajas donde terminan guardándose las cosas importantes y las cosas que uno no sabe dónde poner.
Fotografías.
Cartas.
Entradas de cine.
Recuerdos.
Se sentó en la cama y empezó a mirar.
Había fotos de viajes.
Cumpleaños.
Comidas familiares.
Personas que ya no estaban.
Y entonces apareció una fotografía que la hizo detenerse.
Era ella.
Tendría unos treinta y cinco años.
El pelo más oscuro.
La piel más tersa.
Una sonrisa enorme.
Rosa observó la imagen durante varios minutos.
No porque quisiera volver atrás.
Ni porque echara de menos ser joven.
Lo que la sorprendió fue otra cosa.
Reconocerse.
Aquella mujer de la fotografía seguía siendo ella.
Habían pasado décadas.
Había criado una familia.
Había trabajado.
Había cuidado de otros.
Había dedicado tanto tiempo a los demás que casi había olvidado escucharse a sí misma.
Pero seguía siendo ella.
La misma persona.
Con los mismos sueños.
Con los mismos miedos.
Con la misma necesidad de sentirse querida.
Y entonces apareció una pregunta que nunca antes se había formulado de esa manera.
Si seguía siendo la misma persona...
¿Por qué llevaba tantos años tratándose como si hubiera desaparecido?
De repente recordó todas las veces que había pensado:
"Ya no tengo edad para eso."
"No es importante."
"Ahora hay otras prioridades."
"Eso era antes."
Frases pequeñas.
Inofensivas.
O al menos eso había creído.
Pero repetidas durante años habían construido una especie de muro invisible.
Un muro que ni siquiera sabía que existía.
Rosa volvió a mirar la fotografía.
Y por primera vez no sintió nostalgia.
Sintió ternura.
Ternura por aquella mujer joven.
Y también por la mujer que era ahora.
Porque ambas eran la misma persona.
Y ambas merecían ser escuchadas.
Guardó la fotografía con cuidado.
Cerró la caja.
Apagó la luz del dormitorio.
Pero aquella noche, mientras se preparaba para dormir, una idea siguió acompañándola.
Quizá nunca era demasiado tarde para volver a prestar atención a una parte de uno mismo que había permanecido en silencio durante demasiado tiempo.
Continuará...
Magdalena Trejo Rodríguez · Equipo de Shop Candy Dreams
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